La llegada de la cultura de endowments hace más exigente
la labor del banquero

La llegada de la cultura de endowments hace más exigente la labor del banquero

Por Fernando González Ortega, Director de desarrollo de negocio, PBI Gestión y
Javier Roca Ibáñez, Departamento de comunicación, PBI Gestión   |   Fotografía: Istock

La actualización del código de conducta de la CNMV demuestra un seguimiento post-MiFID II de exigencia en la calidad del servicio.

Después de quince años, llegó la hora. El pasado marzo la Comisión Nacional del Mercado de Valores actualizaba el código de conducta sobre inversiones financieras temporales de las entidades sin ánimo de lucro. La filosofía del código se mantiene, pero las recomendaciones ganan en definición y exigencia, se añaden nuevas figuras (el Comité de Inversiones y la Función de Control) y se acotan conceptos.

Implícitamente este cambio da la bienvenida a la cultura de endowments en nuestro país, que vendría a significar un plus de profesionalización y criterio en el gobierno de estas instituciones. Desde la visión del banquero o asesor, la actualización del código supone la conversión necesaria de un cliente interesante (fundaciones, asociaciones…) en un cliente interesante y cualificado, al que no le queda más remedio que ir con las ideas más claras.

Una de las nuevas recomendaciones, en la línea con la cultura de endowments, es la de contar con una política de inversión: un plan que deberá ser consistente con el propio código de conducta y dar unidad y sentido al conjunto de inversiones financieras. En efecto, la necesidad, por otra parte, de publicar año a año un informe detallado y claro, en el que se señalen las operaciones que se han separado del código, obliga a un control más minucioso y, por fuerza, a una especificación mayor del mandato que se da al asesor o gestor para evitar sorpresas.

Por este motivo, nos parece que ha llegado el momento de seguir avanzando, al menos para este tipo de clientes, en la posibilidad de dar una definición menos estándar del mandato, donde se acote la discrecionalidad del gestor (criterios, restricciones…) para un perfil de riesgo determinado. En definitiva, acordar algo más a medida, que se ajuste verdaderamente a las necesidades e intereses de la institución, con el establecimiento de un modus operandi adecuado. Una pequeña revolución en lo que al equilibrio de fuerzas se refiere entre el proveedor de servicios de inversión y el cliente.

Después de quince años, llegó la hora. El pasado marzo la Comisión Nacional del Mercado de Valores actualizaba el código de conducta sobre inversiones financieras temporales de las entidades sin ánimo de lucro. La filosofía del código se mantiene, pero las recomendaciones ganan en definición y exigencia, se añaden nuevas figuras (el Comité de Inversiones y la Función de Control) y se acotan conceptos.

Implícitamente este cambio da la bienvenida a la cultura de endowments en nuestro país, que vendría a significar un plus de profesionalización y criterio en el gobierno de estas instituciones. Desde la visión del banquero o asesor, la actualización del código supone la conversión necesaria de un cliente interesante (fundaciones, asociaciones…) en un cliente interesante y cualificado, al que no le queda más remedio que ir con las ideas más claras.

Una de las nuevas recomendaciones, muy en la línea con la cultura de endowments, es la de contar con una política de inversión: un plan que deberá ser consistente con el propio código de conducta y dar unidad y sentido al conjunto de inversiones financieras. En efecto, la necesidad, por otra parte, de publicar año a año un informe detallado y claro, en el que se señalen las operaciones que se han separado del código, obliga a un control más minucioso y, por fuerza, a una especificación mayor del mandato que se da al asesor o gestor para evitar sorpresas.

Por este motivo, nos parece que ha llegado el momento de seguir avanzando, al menos para este tipo de clientes, en la posibilidad de dar una definición menos estándar del mandato, donde se acote la discrecionalidad del gestor (criterios, restricciones…) para un perfil de riesgo determinado. En definitiva, acordar algo más a medida, que se ajuste verdaderamente a las necesidades e intereses de la institución, con el establecimiento de un modus operandi adecuado. Una pequeña revolución en lo que al equilibrio de fuerzas se refiere entre el proveedor de servicios de inversión y el cliente.

“La línea de profesionalizar el gobierno de estas inversiones es una buena noticia: el código conduce a estas instituciones hacia los servicios de profesionales cualificados”

Qué supone además para el banquero
La línea de profesionalizar el gobierno de estas inversiones es una buena noticia: el código conduce a estas instituciones hacia los servicios de profesionales cualificados. Pero se recomienda que el servicio sea independiente, y eso restringe las posibilidades.

Con una política de inversión definida, pasaríamos de la simple colocación de producto, aunque sea exclusivo, a un verdadero traje a medida, bajo la guía de una política de inversión del cliente.

Por otro lado, si estas instituciones siguen las recomendaciones del código, pondrán al frente de sus inversiones a personas con una formación financiera a la altura del banquero y eso puede ser una novedad para algunos, acostumbrados a clientes sin apenas cultura financiera. El adecuado control de las inversiones puede llevar, probablemente, a disponer de herramientas y proveedores de datos como los que cuentan los propios profesionales de la inversión: otro reequilibrio que va a enriquecer el servicio, con las dos partes hablando el mismo idioma.

Pensamos, por tanto, que después de la llegada de MiFID II, el ánimo transformador no se ha agotado y todo apunta a que la línea de avance sigue siendo una mayor exigencia en la calidad del servicio. Un botón de muestra es la actualización de este código de conducta que acabamos de comentar.

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Número 12
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